Todos los que me conocen saben mi tendencia a visitar una y otra vez ese monstruo arquitectónico y horror urbanístico, que intenta imitar un pequeño Nueva York a orillas del Mediterráneo. Y no dejaré de reconocer una y otra vez todos sus defectos, la locura que supone veranear allí, y que no corresponde precisamente con la idea del descanso que buscamos sobre todo quienes huimos de Madrid, sus atascos, su metro, sus distancias, sus multitudes.
Pero adoro Benidorm.
Por un lado porque objetivamente tiene algo. Algo que quién ha estado allí no sabe explicar racionalmente (porque no hay razonamiento válido para esto) pero reconoce. Tiene algo que mola. Por otro lado, vayas cuando vayas hace buen tiempo; una especie de microclima lo protege todo el año, convirtiendo la ciudad en un búnker climatológico. Y por último, es una ciudad con vida en noviembre, en febrero o en abril. No es el típico caso en que fuera de los tres meses de verano se queda vacío, inerte, como si un tsunami hubiese arrasado cuanto encuentra a su paso.
Pero yo tengo otro motivo. Los veraneos allí conforman, sin duda, el mejor recuerdo de mi infancia. Olores, sonidos, experiencias, diversión. Mi felicidad como niño está íntimamente unida a este caos a pies del mar llamado "Ven y duerme" (si puedes, habría que añadir). Gracias a mis padres (y a mis abuelos claro, que eran los propietarios del apartamento en la Playa de Levante), cada mes de junio comenzaba mi gran aventura. Porque así lo vivía año tras año.
El veintitantos de junio ya habíamos terminado los exámenes, y antes incluso de tener las notas, ya iniciábamos el viaje. Mi abuelo ya se encargaba de recogerlas. Nos levantábamos temprano, a las seis, para coger un taxi que nos llevase al aeropuerto. Para cualquier niño, coger un taxi no dejaba de ser algo similar a montar en el coche de su padre. Para mí era mucho más. Los coches me apasionaban, algo que no ha desaparecido en mí. Pero en mi casa no había coche, muy a mi pesar. Por eso coger un taxi para mí era de las pocas ocasiones que tenía de montar en uno. A cambio de no tener coche, papá trabajaba en Iberia, por lo que los viajes se hacían en avión. Sí, sí, mis neuras con los aviones vinieron de mayor. Hasta entonces yo disfrutaba muchísimo de mis viajes en avión.
Ese taxi nos dejaba con nuestro equipaje en Barajas, entonces mucho más pequeño, claro. Nada de T1, T2... dos terminales, Nacional e Internacional. Mi corazón latía emocionado en ese ambiente de aeropuerto. Esos altavoces anunciando las salidas, esos indicadores de los vuelos con su caracerístico sonido de las tabletas al correr... plac, plac, plac, plac... La gente con sus equipajes corriendo de arriba a abajo. Por fin el momento del embarque. Nos colocan los cinturones, el avión despega y las cabezas de mi hermano y mía, asomadas por la diminuta ventanilla para ver como todo se vuelve más y más pequeño hasta que sólo ves nubes. Se apagan las luces de los cinturones y las de ¡prohibido fumar!. Sí, se podía fumar en los aviones durante el vuelo.
Llegábamos al aeropuerto de Alicante. Bofetada de calor. Buscábamos un taxi. Seguía mi aventura, seguía difrutando. Allí los taxis eran mejores que los de Madrid, y gracias a esos taxis de Alicante, pude montar en los nuevos modelos de la época, que marcaron un salto abismal en la historia de la automoción de este país: Los SEAT 132, que abundaban como taxis allá, y que marcaron ya un importante cambio, dieron paso a los Renault 9 y 18, los Citroen BX, los Supermirafiori 2500 D. Encima íbamos por autopista. Mi aventura no había hecho más que empezar.
Subíamos los cinco pisos sin ascensor ¡cinco! y llegábamos a casa por fín. A mamá la tocaba poner en orden la casa. Una casa cerrada desde el año anterior. Imagina. Las cosas normales: limpiar, deshacer equipajes, quitar ese olor a cerrado. Ese día se comía fuera y por la tarde a la compra. Ya estábamos instalados.
Después del desayuno, los deberes. Mi hermano y yo siempre aprobábamos todo, y con buenas notas normalmente, pero algún desgraciado inventó eso de los Cuadernos Santillana para el verano, y para que no perdiéramos costumbre, cada mañana había que hacer una horita de deberes. ¡Cómo han cambiado los tiempos!
Acabados los deberes por nuestra parte y las tareas domésticas por parte de mi madre, bajábamos a la playa. ¡Qué decir! Que niños no disfrutan en la playa. En aquellos tiempos en Benidorm había toldos y se podían alquilar por semanas. Así, todos los días teníamos el mismo, y mis padres dejaban amarradas las sillas de playa al toldo, para no tener que bajarlas y subirlas cada día. Dos sillas, claro, eso era para mayores. Jugar con la arena, baños interminables, un zumo a media mañana con una patatas fritas compradas en el kiosko de la señora que ya era casi nuestra amiga.
Cuando eramos muy pequeños, recuerdo que tras el último baño nos llebaban en brazos a las sillas de los mayores para que ya no nos llenásemos de arena, y en ellas nos secábamos al sol envueltos en las toallas. De vuelta al apartamento, nos quitábamos las sal y restos de arena en las duchas ubicadas detrás del edificio, junto al parking. A subir los cinco pisos y a comer. En la terraza, por supuesto.
Después de comer, la eterna guerra, padres vs. hijos. Siesta vs. juego. No queríamos siesta, claro. Y mis padres sí, naturalmente. Después, siempre jugábamos a algo en la terraza, normalmente algún juego de cartas, hasta la hora del paseo. En ese paseo íbamos siempre directos a la cartelera de los cines de verano, que eran muchos.
Hijos de un cinéfilo, una peli era el plan de muchas noches. Recuerdo comiendo ese bocata de tortilla francesa envuelto en papel aluminio, con una pipas de postre, sentados en aquellas sillas metálicas ancladas al suelo de tierra, mientras veíamos la peli en aquella pantalla gigantesca de hormigón.
Si no tocaba cine, tocaba otro paseo después de cenar, con un helado en Sirvent, la heladería estrella de Benidorm de aquellos tiempos, y que aún sobrevive al cabo de tantos años. El helado estrella era un cucurucho enorme que llamábamos el de 'veinte duros', del que Dani, mi hermano, era muy fan. Ese paseo marítimo de la Playa de Levante, ese centro del pueblo lleno de gente, su pequeño puerto, el Rincón de Loix, el 'Castillo', la Plaza Triangular, el Parque de Elche. Conformaban el escenario ideal de una obra de teatro especialmente escrita para mí. Mis vacaciones.
A mediados de julio llegaban los abuelos, y pasábamos con ellos la última semana de vacaciones, o diez días. Ellos comenzaban su verano y a nosotros nos tocaba volver a Madrid, y mis primos y mis tíos ocuparían nuestro lugar. La playa terminaba. Otro taxi de vuelta, otro avión.
Estos veranos se repetían año tras año. También nos han pasado cosas regulares, claro. Anécdotas mil. Pero éramos niños. Hemos sido muy, muy afortunados de tener estas vacaciones en la playa desde que nacimos. Como comenzaba diciendo, estos veranos son la parte de mi infancia que representan la felicidad suprema.
Es cierto que esos veraneos serían igualmente felices en otro lugar, en otro pueblo, en otra costa. Los hicieron felices nuestros padres. Pero ocurrieron en Benidorm y no en otro sitio.
Después tuve mis años de crisis en Benidorm. No quería ir. Fue en mi adolescencia. Pero en la adolescencia, esa etapa a menudo muy cabrona, te hace entrar en crisis con muchas cosas. Ya no quieres planes con los padres, allí no teníamos amigos y todo ese tipo de cosas. Pero la adolescencia pasó, y mi reconciliación con Benidorm llegó. Y es una relación que ha perdurado hasta hoy.
Podría contar muchas más cosas. Pero será en otra ocasión. Lo cierto es que uno de los mayores disgustos que me he llevado de adulto es haber sido testigo de la venta de ese apartamento. Recuerdo mi último viaje, mi despedida de aquel enorme apartamento que nos vio crecer.
Los Apartamentos Cometa. Ahí siguen, y por allí paso cada vez que voy a Benidorm, porque sigo yendo, como si se tratase de la peregrinación a un santuario.
Acabados los deberes por nuestra parte y las tareas domésticas por parte de mi madre, bajábamos a la playa. ¡Qué decir! Que niños no disfrutan en la playa. En aquellos tiempos en Benidorm había toldos y se podían alquilar por semanas. Así, todos los días teníamos el mismo, y mis padres dejaban amarradas las sillas de playa al toldo, para no tener que bajarlas y subirlas cada día. Dos sillas, claro, eso era para mayores. Jugar con la arena, baños interminables, un zumo a media mañana con una patatas fritas compradas en el kiosko de la señora que ya era casi nuestra amiga.
Cuando eramos muy pequeños, recuerdo que tras el último baño nos llebaban en brazos a las sillas de los mayores para que ya no nos llenásemos de arena, y en ellas nos secábamos al sol envueltos en las toallas. De vuelta al apartamento, nos quitábamos las sal y restos de arena en las duchas ubicadas detrás del edificio, junto al parking. A subir los cinco pisos y a comer. En la terraza, por supuesto. Después de comer, la eterna guerra, padres vs. hijos. Siesta vs. juego. No queríamos siesta, claro. Y mis padres sí, naturalmente. Después, siempre jugábamos a algo en la terraza, normalmente algún juego de cartas, hasta la hora del paseo. En ese paseo íbamos siempre directos a la cartelera de los cines de verano, que eran muchos.
Si no tocaba cine, tocaba otro paseo después de cenar, con un helado en Sirvent, la heladería estrella de Benidorm de aquellos tiempos, y que aún sobrevive al cabo de tantos años. El helado estrella era un cucurucho enorme que llamábamos el de 'veinte duros', del que Dani, mi hermano, era muy fan. Ese paseo marítimo de la Playa de Levante, ese centro del pueblo lleno de gente, su pequeño puerto, el Rincón de Loix, el 'Castillo', la Plaza Triangular, el Parque de Elche. Conformaban el escenario ideal de una obra de teatro especialmente escrita para mí. Mis vacaciones.
A mediados de julio llegaban los abuelos, y pasábamos con ellos la última semana de vacaciones, o diez días. Ellos comenzaban su verano y a nosotros nos tocaba volver a Madrid, y mis primos y mis tíos ocuparían nuestro lugar. La playa terminaba. Otro taxi de vuelta, otro avión.
Estos veranos se repetían año tras año. También nos han pasado cosas regulares, claro. Anécdotas mil. Pero éramos niños. Hemos sido muy, muy afortunados de tener estas vacaciones en la playa desde que nacimos. Como comenzaba diciendo, estos veranos son la parte de mi infancia que representan la felicidad suprema.
Es cierto que esos veraneos serían igualmente felices en otro lugar, en otro pueblo, en otra costa. Los hicieron felices nuestros padres. Pero ocurrieron en Benidorm y no en otro sitio.
Después tuve mis años de crisis en Benidorm. No quería ir. Fue en mi adolescencia. Pero en la adolescencia, esa etapa a menudo muy cabrona, te hace entrar en crisis con muchas cosas. Ya no quieres planes con los padres, allí no teníamos amigos y todo ese tipo de cosas. Pero la adolescencia pasó, y mi reconciliación con Benidorm llegó. Y es una relación que ha perdurado hasta hoy.
Podría contar muchas más cosas. Pero será en otra ocasión. Lo cierto es que uno de los mayores disgustos que me he llevado de adulto es haber sido testigo de la venta de ese apartamento. Recuerdo mi último viaje, mi despedida de aquel enorme apartamento que nos vio crecer.
Los Apartamentos Cometa. Ahí siguen, y por allí paso cada vez que voy a Benidorm, porque sigo yendo, como si se tratase de la peregrinación a un santuario.


